Sexo, drogas, psicodelia y vísceras: «Mandy», de Panos Cosmatos

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El año pasado se estrenó en el Sitges Film Festival la última cinta (hasta la fecha) de Panos Cosmatos. A esta nueva criatura, segunda de su filmografía, la bautizó «Mandy«, todo sea por lo que tiene que ver con la trama, aunque eso lo dejo para más adelante.

Un servidor, al que le cuesta alejarse de sus películas favoritas, dejó pasar la oportunidad de acercarse a esta curiosa cinta y… Erró por completo. Os lo digo desde mi más profundo pesar tras haber dedicado dos intensas horas de mi vida a deleitarme con la enorme propuesta del gran Cosmatos, pero en una televisión.

«Mandy» no es una película de terror, ni es una película de ciencia ficción. Ni si quiera es un slasher, tampoco es un drama, ni es un thriller. No, «Mandy» va mucho más allá de todas etiquetas y arriesga muchísimo a la hora de mezclar todas las influencias en esos escasos 120 minutos que te atrapan, te sacuden por completo y finalmente te dejan tirado en el suelo como si fueses un trapo viejo.

No es algo común que hablemos de cine en Manners Of Hate, pero he creído conveniente hacer un pequeño repaso a la cinta de Cosmatos precisamente por el contenido de su engendro y por la propia química que tiene en pantalla. Porque, siendo francos, el argumento de la película es tan simple que podríamos resumirlo en la servilleta de un bar y aún nos sobraría la parte trasera para seguir con la secuela, pero tiene un planteamiento tan interesante e hipnótico que hace que esas dos horas se pasen rápido y que quieras más cuando los créditos irrumpen en la pantalla.

La película arranca a base de King Crimson con la espacial «Starless» mientras da un recorrido por los bosques al más puro estilo Sam Raimi. Y aquí arranca la película con la simple premisa: Red es un leñador que vive apartado del mundo junto a su bella y exótica esposa Mandy en un bosque cerca de Crystal Lake. Punto para el que ya haya adviniado el primer guiño de la película (fácil y sencillo). Mandy se cruza un día con una extraña furgoneta cargada de gente bastante curiosa y extraña, pero no sucede nada más, aunque ya empezamos a ver por dónde irán los tiros a partir de aquí.

Uno de los fotogramas que nos regala el tercer acto de la película.

Los extraños con los que se cruza Mandy llegan a su morada y es allí donde Jeremiah, el cabecilla de esta troupe de colgados cristianos, ordena a sus secuaces que secuestren a Mandy para presentarle a su familia y hacerla formar parte de su secta adoradora de los estupefacientes. Así pues, encargan a unos motoristas encapuchados recién salidos del universo Hellraiser que se hagan cargo del secuestro, que además se llevan a Red y le hacen presenciar el asesinato de su esposa después de haberla drogado con todo tipo de esencias y substancias narcóticas.

Red consigue escapar y es aquí donde comienza la vorágine de sangre y vísceras adornada con todo tipo de imágenes descolocadas y completamente idas de la olla. Cosmatos no se corta un pelo y representa a la perfección, a través de algunos filtros espeluznantes y ningún tipo de reparo a la hora de enseñar carnaza, el puro destripe de todos y cada uno de los miembros de la secta (y los moteros, ya de paso) a ritmo de rock and roll psicodélico y mucha, mucha droga.

La cinta es una clara oda al cine de serie B que tanto amo, ese tipo de cine que a día de hoy parece insultar y ofender a todo el mundo. Ya nadie enseña casquería, por cutre que sea, y se corta demasiado a la hora de mostrar según qué cosas en pantalla. Hemos llegado a un punto en que ya no esperamos a la censura, sino que nosotros mismos somos los censores y establecemos los límites antes de cometer la locura. Y ese es uno de los puntos que más me ha convencido de su salvaje propuesta, a medio camino entre el western ochentero, el gore de serie Z y las road-movies de los años setenta.

Aquí no se cortan con el tema de las drogas, no se cortan a la hora de mostrar desnudos y no tienen reparo alguno en hacer uso del lenguaje más obsceno para aderezar una obra ya de por sí descarada. El final es apoteósico, aunque lo que realmente vale la pena de la cinta es el viaje que te hace sentir.

Si tomamos la película como tal y la analizamos tenemos a un actor en declive como es Nicolas Cage (cuya carrera ha sido bastante regular desde el primer lustro de los noventa) que realiza un papel muy adecuado, poco hablador y pasando por varias fases que hacen que su personaje muestre un desarrollo lógico. Además, tenemos al típico tipo malo de las películas que abusa de todo tipo de sustancias y ejerce como un Charles Manson de pacotilla, el mártir de la cinta – en este caso la propia Mandy -, el ejército de secuaces idiotas y los secundarios que dan más miedo que los propios enemigos de la cinta, todo esto aderezado con una banda sonora auténtica a cargo del fallecido Jóhann Jóhannsson en la que no titubea a la hora de mezclar el rock y el metal con el industrial y la electrónica con toques psicodélicos, una barbarie de banda sonora.

«Mandy» tiene algo que otras cintas no han conseguido despertar en mí. Quizá es por la crudeza de sus escenas o es simplemente porque es como yo hubiese querido hacerla, pero ahora siento la necesidad de verla en una pantalla grande con los altavoces a reventar. Una verdadera pena no haber acudido a Sitges para disfrutarla como se debe.

Si os gusta la sangre, el rollo independiente y los planos sórdidos con alto contenido de casquería, os ruego encarecidamente que os hagáis con una de las estupendas copias que Divisa e Inopia Films editaron en nuestro país hace escasos meses, que además trae una chulísima sobrecubierta de cartón.

Texto: Mario Marín.

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