«Never, Neverland», o el trono real de Annihilator

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Annihilator

Es muy difícil decidir mi álbum favorito de Annihilator, sobre todo teniendo en cuenta que ha sido una de mis mayores influencias tanto dentro como fuera del entorno musical, pero lo que tengo muy claro es que el genio Jeff Waters ha sabido dirigir su proyecto durante más de treinta años con mejor o peor resultado, pero siempre con plena consciencia de su trabajo y haciendo lo que ha querido, sin dejarse llevar por terceras personas que influyesen en su labor. Y eso es algo que pocas bandas pueden decir a estas alturas de la película.

Está claro que entre sus mejores lanzamientos podríamos destacar el trabajo de discos imperecederos como el legendario debut «Alice In Hell» o el infravaloradísimo tercer disco de su carrera, «Set The World On Fire«, al que defenderé a capa y espada durante el resto de mi vida. Podría seguir enumerando algunos de sus trabajos posteriores pero aprovechando que ayer cumplía treinta años el brutal y demoledor «Never, Neverland«, aprovecharé para darle un buen repaso al que podría ser mi segundo (o tercer) favorito de los canadienses, por encima de su álbum debut. Esto es un artículo de opinión personal y, obviamente, habrá quien no esté de acuerdo conmigo, pero como siempre voy a intentar defender mi opinión desde el respeto hacia el resto de opiniones, ya que entiendo que muchos podáis no estar de acuerdo con mi parecer.

1990 era un año dominado por sonidos extremos y una enorme cantidad de bandas que habían dominado las listas de éxitos durante la década de los ochenta se estrellaron literalmente al intentar competir con este nuevo sonido que un buen puñado de bandas había desarrollado durante los últimos resquicios de la década anterior y que estallaría en esta nueva década dejando paso a una nueva generación de metaleros hambrientos que cada vez necesitaban devorar cantidades más vastas de música pesada. Las bandanas y los pantalones de cebra empezaban a quedarse algo anticuados tras la llegada de titanes como los brasileños Sepultura y su revolucionario «Beneath The Remains«. Unos incipientes Morbid Angel habían debutado ese mismo año con el portentoso «Altars Of Madness» y Judas Priest había resurgido de las cenizas para entregarnos un acelerado «Painkiller«, mientras que Pantera estaba a punto de estrenar su icónico «Cowboys From Hell» a la vez que peleaba con unos olvidados Exhorder que ponían al día el metal con un crudo «Slaughter In The Vatican«.

Aquella fue una década de cambio y pocas bandas se resistieron a actualizar su sonido, quedando relegadas así a un segundo plano mientras veían cómo su mundo se veía abajo, sobre todo para el futuro del glam y el hard rock, que atravesaba una dura etapa que casi acaba con su existencia. Bandas como Pretty Boy Floyd, Skid Row, Lynch Mob, Dokken, Ratt o Tesla se desintegraron durante aquella década en la que la laca había perdido su firmeza y el pelo crepado ya no tenía tanta fuerza. Algunos rebeldes como L.A. Guns, Krokus, Pretty Maids o Mötley Crüe continuaron en la brecha adaptando su sonido a la nueva oleada que azotaba las listas de éxitos por aquel entonces, con mayor o menor éxito, pero resistiendo al paso de los años como pudieron.

El thrash metal era un género que por aquel entonces viviría una suerte similar a la que vivieron géneros como el heavy metal o el speed metal, donde la única salvación era convertirse o morir. Bandas como Venom, Tankard, Xentrix, Meliah Rage, Solstice o Flotsam & Jetsam supieron mantener su línea sin alejarse de su fórmula mientras que otras bandas exploraron otros terrenos como hicieran Kreator con los cuatro discos posteriores a «Coma Of Souls«, lo mismo que sucedió a Sodom tras «Tapping The Vein» o Death Angel tras «Frolic Through The Park«. Casos más sonados como el de Metallica con «Load» y «ReLoad» o Megadeth con «Risk» dieron mucho de qué hablar en su momento y a día de hoy sigue dividiendo a sus seguidores por igual, pero bandas como Skyclad – que debutaban entonces con «The Wayward Sons Of Mother Earth» -, los estadounidenses Coven – los thrashers de «Blessed Is The Black» ahora conocidos como Coven 6669 -, los infravalorados Metal Church – y su «Hanging in the Balance» – o Whiplash y su olvidado «Sit Stand Kneel Prey«, todos ellos adaptaron la música de sus composiciones a los nuevos tiempos, con mayor o menor éxito, pero en algunos casos como en «Time Bomb» de Demolition Hammer o «The Least Successful Human Cannonball» de Destruction fueron igual o peores que el caso de Metallica y Megadeth.

El caso es que Jeff Waters tenía bien claro lo que quería en su proyecto, más o menos igual que ahora, y no se iba a bajar los pantalones. Al contrario, por aquel entonces vestía tejanos bien ajustados y no se iba a sumar a la moda de las bermudas. Annihilator había debutado un año atrás con un excepcional «Alice In Hell» que es historia de la música en todos los aspectos y estaba en lo más alto tras haber compartido escenario en su primer año dentro de Roadrunner Records con bandas como Onslaught, Exodus, Leeway, Biohazard, Mortal Sin, Testament, Primus, Hellraiser, Wrathchild America, Pariah y Horse. Pese al esfuerzo dedicado a su ópera prima, «Alice In Hell» recibió buenas críticas pero no fue objeto de elogios, y en alguna ocasión recibió algunas críticas negativas que atacaban a la poca originalidad de la banda dentro del género.

La alineación original de «Alice In Hell» se vio alterada tras la finalización de la gira y únicamente Ray Hartmann y Wayne Darley se mantuvieron en las filas de Annihilator como baterista y bajista respectivamente. Jeff Waters se vio obligado a reemplazar al vocalista Randy Rampage ya que éste no quería abandonar su puesto de trabajo en los muelles de carga y fue entonces cuando Coburn Pharr, que por aquel entonces ya había abandonado Omen tras haber grabado «Escape To Nowhere«. El guitarrista Anthony Greenham había formado parte de la alineación de «Alice In Hell» como músico de sesión, que fue reemplazado por David Scott Davis en «Never, Neverland«.

Así fue como en febrero de 1990, tras acabar la gira junto a Testament y Wrathchild America, se internan en los Vancouver Studios de Vancouver (Canadá) para dar vida a su segundo disco de estudio, «Never, Neverland«, cuya producción finalizó en abril de ese mismo año y que fue puesto a la venta un 12 de septiembre de 1990 bajo el sello de Roadrunner Records a nivel mundial exceptuando Japón, que fue editado de forma conjunta con Jigu Records Corporation. El álbum fue bien recibido por sus seguidores y la crítica alabó la capacidad compositora de Jeff Waters, aunque ciertos críticos atacaron a la poca complejidad del álbum admitiendo que «Never, Neverland» no era más que un mosaico de promesas a medio cumplir, que prometía más de lo que cumple.

La banda se embarcó poco antes de su lanzamiento en una gira europea junto a Xentrix y Despair para presentar su nuevo lanzamiento. Los británicos Xentrix acababan de estrenar hacía algunas semanas el excelso «For Whose Advantage?» y los germanos Despair estrenaban ese mismo año el olvidado «Decay Of Humanity«, una de las piezas elementales del thrash underground europeo. Asimismo, a su regreso de las tierras europeas presentaron «Never, Neverland» por Estados Unidos acompañando a Reverend y Realm, que justo acababan de estrenar «World Won’t Miss You» y «Suiciety» respectivamente.

A comienzos de 1991 se unieron a la gira de Judas Priest y Pantera, que presentaban dos auténticas joyas como «Painkiller» y «Cowboys From Hell«, una maniobra que les proporcionó una mayor audiencia y les ayudó a ampliar su legión de seguidores de cara a su brillante futuro.

«Never, Neverland», la joya de Annihilator

Está claro que «Never, Neverland» no es el disco más impactante en la historia del thrash metal, y probablemente no sea uno de los más inspiradores a futuras generaciones, pero tengo muy claro que es una pieza esencial en la carrera de Annihilator y es uno de los favoritos de sus seguidores. Desde la inicial «The Fun Palace«, con la que te puedes adentrar en las dantescas pesadillas de Jeff Waters desde el arranque de sus primeros acordes, hasta la frenética «I Am In Command» , escuchar un álbum como éste es una auténtico viaje del que nadie quiere escapar. La magia de la producción, mucho más acertada que en «Alice In Hell» – gracias a Glen Robinson y al propio Waters -, es uno de los puntos fuertes del álbum. El sonido es bien similar al de su álbum debut, pero la ecualización de las guitarras y un sonido más auténtico de la batería da como resultado un disco imperecedero que pocos amantes del género pueden pasar por alto.

Y no hablo únicamente de la producción del álbum como el elemento sorpresa, sino del propio álbum en sí. La magia de cortes como «Imperiled Eyes» o la olvidada «Sixes And Sevens» hacen de este álbum uno de esos elepés que puedes escuchar del tirón hasta dos y tres veces sin que se haga repetitivo, y eso es algo bastante complicado en discos de este género. La habilidad de Waters a las seis cuerdas es el plato fuerte de cualquier lanzamiento de Annihilator, notando claramente la influencia de géneros como el hard rock y el heavy metal clásico, en especial de figuras tan relevantes como la de Eddie Van Halen o Randy Rhoads, aunque aquí no estamos descubriendo nada nuevo.

En «Never, Neverland» encontramos además dos de los cortes más conocidos de toda su trayectoria, el mencionado «The Fun Palace» y la rápida y siempre efectiva «Phantasmagoria«, que es una auténtica delicia en directo. Pero quizá la figura oculta en un disco tan excepcional como éste sea «Reduced To Ash«, un corte rápido que bien podríamos encontrar en cualquier lanzamiento de Anvil – salvando las distancias, claro está – cuyo solo de guitarra es una auténtica locura, marca de la casa Waters como de costumbre.

El tema que da título al propio álbum es otra de esas locuras de proporciones descomunales que solo una mente como la de Waters podría dar vida en un mundo donde estaba casi todo inventado. Y es que no podemos olvidar que todo el álbum – música y letras – está perpetrado por el único componente de este proyecto al que conocemos como Annihilator, el único e inigualable Jeff Waters.

Así pues, en un día como hoy solo puedo pinchar un álbum como «Never, Neverland» y ponerlo al once, como dirían los Spinal Tap, para olvidar esta mierda de año que llevamos en la que deberíamos haber celebrado el regreso de los canadienses a nuestras tierras conmemorando el trigésimo aniversario de este lanzamiento con Coburn Pharr a la voz. Y como reza el corte que bautiza a este maravilloso álbum, «ahora dejo esta plácida habitación, disfrutad del descanso eterno».

Tracklist «Never, Neverland«:

01 – The Fun Palace
02 – Road To Ruin
03 – Sixes And Sevens
04 – Stonewall
05 – Never, Neverland
06 – Imperiled Eyes
07 – Kraf Dinner
08 – Phantasmagoria
09 – Reduced To Ash
10 – I Am In Command

Texto: Mario Marín.

No olvidéis seguir a la banda en su Facebook oficial.


A continuación podéis leer el tour report que hicimos sobre su gira por la península junto a Archer Nation:

También podéis ver el report que grabamos con varias actuaciones de los canadienses en la península:

Si queréis seguir leyendo, os dejamos con un especial con diez grandes temas de la banda:

Si tenéis ganas de más, no olvidéis leer nuestras experiencias con Annihilator, un gran artículo que publicamos hace algunos meses:

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